Era una eminencia
en su área. Cuando tuve la suerte de ser su alumno, estaba cerca de retirarse.
Tenía una voz de tenor y su físico así lo comprobaba.
En lugar de cerebro
tenía una enciclopedia. Podía hablar horas de horas sobre el mismo tema, sin
caer en el aburrimiento ni repetir una sola línea.
Tenía una edad
avanzada. Por eso, subir al sexto piso de la facultad donde se encontraba la
carrera, era para él un martirio. Llegaba sudado y cansado. Este fue uno de los
motivos para su retiro.
Llevaba puesto entre tres a cuatro abrigos. Al entrar imponente al aula, lo primero que hacía era retirárselos.
-Disculparán ustedes el estriptis intelectual-decía.
Al comenzar la
clase, preguntaba en qué parte del tema nos habíamos quedado. Una vez escuchada
la respuesta por alguna nerviosa compañera, iniciaba a cantar teorías y
ejemplos.
Tuvimos el honor de
contar con su presencia en nuestra incorporación. A los pocos meses recibimos
la triste noticia de su fallecimiento.
A su sepelio acudió
casi toda la facultad. Entre exestudiantes y aquellos que ni siquiera lo habían
conocido ni recibido sus clases. Tan sólo habían escuchado su leyenda. Se recitaron
poemas y se leyeron discursos bellísimos en su memoria.
Hoy, sigo intentando
superar al maestro Dr. A. Pero creo que nunca lo lograré.