martes, 19 de enero de 2021

DR. A

 

Era una eminencia en su área. Cuando tuve la suerte de ser su alumno, estaba cerca de retirarse. Tenía una voz de tenor y su físico así lo comprobaba.

En lugar de cerebro tenía una enciclopedia. Podía hablar horas de horas sobre el mismo tema, sin caer en el aburrimiento ni repetir una sola línea.

Tenía una edad avanzada. Por eso, subir al sexto piso de la facultad donde se encontraba la carrera, era para él un martirio. Llegaba sudado y cansado. Este fue uno de los motivos para su retiro. 

Llevaba puesto entre tres a cuatro abrigos. Al entrar imponente al aula, lo primero que hacía era retirárselos.

-Disculparán ustedes el estriptis intelectual-decía. 

Al comenzar la clase, preguntaba en qué parte del tema nos habíamos quedado. Una vez escuchada la respuesta por alguna nerviosa compañera, iniciaba a cantar teorías y ejemplos.

Tuvimos el honor de contar con su presencia en nuestra incorporación. A los pocos meses recibimos la triste noticia de su fallecimiento.

A su sepelio acudió casi toda la facultad. Entre exestudiantes y aquellos que ni siquiera lo habían conocido ni recibido sus clases. Tan sólo habían escuchado su leyenda. Se recitaron poemas y se leyeron discursos bellísimos en su memoria.

Hoy, sigo intentando superar al maestro Dr. A. Pero creo que nunca lo lograré.

PROFESOR T

 

Llevaba un revolver imaginario en su portafolio. Decía tenerlo listo para disparar desde tierra a los malditos aviones que se empeñaban en pasar con su espantoso ruido. Tenía algo que podría llamarse aeroplanoacustofobia.

Cuando pasaba un avión, sacaba su revolver imaginario y apuntaba hacia el cielo. Hacía la mímica del disparo y se tranquilizaba luego de proferir una serie de insultos y gesticular ira.

Era delgado, de piel rosácea y fue el único profesor en lograr que me gustaran (temporalmente) las ciencias exactas. Las hacía divertidas e interesantes. Iba al grano. Explicaba el problema matemático y su fórmula para resolverlo. Practicábamos con algunos ejercicios y eso era todo. Bastaba con ello para que todos seamos excelentes estudiantes. El resto de la clase, la dedicaba a la música. Traía siempre consigo su guitarra. Sentado en medio de la clase y cruzadas las piernas, tocaba y cantaba con entusiasmo sus canciones protesta. Todos lo admirábamos con respeto y veneración.

Le decían loco. Debía estarlo. No encajaba en este mundo de cuerdos.