Llevaba un revolver imaginario en su portafolio. Decía
tenerlo listo para disparar desde tierra a los malditos aviones que se
empeñaban en pasar con su espantoso ruido. Tenía algo que podría llamarse
aeroplanoacustofobia.
Cuando pasaba un avión, sacaba su revolver imaginario
y apuntaba hacia el cielo. Hacía la mímica del disparo y se tranquilizaba luego
de proferir una serie de insultos y gesticular ira.
Era delgado, de piel rosácea y fue el único profesor en
lograr que me gustaran (temporalmente) las ciencias exactas. Las hacía
divertidas e interesantes. Iba al grano. Explicaba el problema matemático y su
fórmula para resolverlo. Practicábamos con algunos ejercicios y eso era todo.
Bastaba con ello para que todos seamos excelentes estudiantes. El resto de la
clase, la dedicaba a la música. Traía siempre consigo su guitarra. Sentado en medio
de la clase y cruzadas las piernas, tocaba y cantaba con entusiasmo sus canciones
protesta. Todos lo admirábamos con respeto y veneración.
Le decían loco. Debía estarlo. No encajaba en este
mundo de cuerdos.
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