Lo encontré en el camino al trabajo. Estaba mojado (llovía a cántaros), sucio y hambriento. Me perseguía como a su amo, fiel y a similar paso. Su lana de color oro, se podía observar pese a las manchas negras de la calle. Tenía mirada juguetona y confiada. No se alejó de mí. Entonces, decidí alimentarlo. Compré en la tienda más próxima, un par de panes para su desayuno. Los devoraba con gran intensidad, una hambruna desesperada lo hacía casi morderme la mano.
Al verlo seguirme después de darle de comer, me pareció el caballo adorado por Nietzsche, el filósofo. Cuando entró en pleno periodo de locura, Nietzsche divisó un caballo maltratado por su jinete, lo defendió contra el ataque, y cayó herido en su defensa. Se dice que este fue el inicio de su esquizofrenia e inmediata muerte.
No vaticinio mi locura, ni me comparo con el "pensador a martillazos", únicamente sentí la misma sensación que él, al pensar en el perro, cuyo reflejo era: "humano, demasiado humano".

