CRÓNICA DE UN VIEJO EN AUTOBÚS
Viajar en autobús se ha transformado en una actividad cotidiana tan normal y frecuente, que he perdido la capacidad de observar a mi alrededor. Pese a que estoy consciente de que es el espacio más adecuado para analizar caracteres impresionantes y mágicos.
Me ocurrió hace poco. Un anciano de aproximadamente ochenta años, se encontraba sentado en los puestos delanteros del autobús. Al subir, era el único lugar que se hallaba disponible, por lo que lo tomé a regañadientes, (generalmente, prefiero sentarme solo) sin embargo, cuando me dí cuenta de que a mi lado tenía a un viejo arrugado y de rostro sublime, que entre el sueño y la vigilia se trasladaba junto a mí a un destino cualquiera, no me detuve ni fui cauto en observarlo.
Sus manos carcomidas por el tiempo,
su piel morena atormentada por un sol centenar,
sus ojos que duermen la muerte
en un infinito recuerdo...
Pensé en su vida, aun cuando no supiera nada de ella. Me lo imaginé joven, rebosante de energía y vitalidad. Lo vi caminar y correr desesperado. Lo sentí enamorado y en sufrimiento. Pasé el tiempo veloz a su lado, y lo observé envejecer rápidamente. Lo vi nacer y morir en un solo instante.
Supe que al abandonar el autobús, lo abandonaba en su soledad. Supe que dormiría en el camino, pero que algún precavido, quizás impetuosamente, lo despertaría para echarlo de allí. Lo vi bajar lentamente, mirar a su alrededor, y no encontrar nada para él.
Perdido en el tumulto
pasea el anciano,
futuro cadáver,
que no sabe que ya está muerto
entre tanta inmundicia...

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