Me senté en el despacho del presidente de la compañía, al parecer llegaba discutiendo en otra oficina, la de la secretaria. No creo tienen la relación típica relatada por las mentes morbosas del vulgo, esa que llega de la oficina a la cama, pero bueno, ese no es mi problema.
Se sentó sin saludarme y me observó de pies a cabeza.
-Dígame...¿en qué le puedo ayudar?-sostuvo la voz baja pero imperativa.
-Vengo a renunciar-dije, sin dudar, seguro y convencido.
-Sabe que esto nos deja en una pésima situación, ¿verdad?
-Lo sé, pero es inevitable, he decidido tirar todo por la borda, quizás a usted no le interese esto que le digo ahora, pero debe saberlo. No volveré a trabajar nunca más, así que ahorre ese discurso para alguien que quiera escuchar todavía.
-Está bien-dijo vencido-pero al menos dígame a qué se dedicará, o es que se va a la competencia y no me lo quiere confesar.
-Para nada, amigo (me tomé el atrevimiento, ahora que no era más mi jefe) Me voy a dedicar de lleno a ser lo que siempre quise, es decir, nada.
-¡Vaya actividad¡-irónicamente respondió-Bien, si está decidido, no tenemos nada más que hablar, suerte y espero verlo algún momento.
-Gracias, pero no deseo lo mismo-respondí con otra ironía-aunque sin mi consentimiento,tal vez me vea próximamente en sus pesadillas.
Salí del despacho con una sonrisa dibujada. Al fin me había atrevido a hacerlo.
Rápidamente la sonrisa se fue desdibujando de mi rostro. Tan solo con pensar qué daría de comer a mis hijos, ahora que soy el nuevo desempleado de la república.

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